jueves, 4 de abril de 2013

Peligro de estrés: tus hijos están de vacaciones


¿Tienes la casa como un Fort Apache en medio de un asalto?, ¿una horda de niños emulan a Atila en el sofá del salón?, ¿hacer una llamada y mandar un email es más inverosímil que un triple salto mortal de espaldas y con tirabuzón?. Enhorabuena (por decirte algo), eres un padre, un autónomo y tienes a tus hijos de vacaciones.
Por si alguien no lo sabe las vacaciones escolares son uno de los momentos más complicados en cualquier familia. En esas fechas los padres y las madres nos transformamos en equilibristas y vivimos en el alambre en una pugna implacable contra el reloj y nuestras obligaciones laborales, que a ver quien es el guapo y se la juega en estos tiempos. La conciliación entre la vida laboral y la familiar parece un imposible.
La pregunta del millón surge de inmediato, ¿qué hacemos con los niños?. Einstein detalló la teoría de la relatividad, pero todavía falta por ver que algún genio resuelva este dilema. De nuevo, las cosas que se denominan de niños acaban siendo de los mayores problemas.
El sistema rebosa coherencia y eficacia por los cuatro costados y nos regala tres meses de vacaciones. Predicar con el ejemplo no es la costumbre de la escuela española, paradigma del fracaso escolar. Os habéis fijado, no salen las cuentas tres meses sin clase menos el nuestro de vacaciones no dejan a nuestro cargo dos (y no cuento Navidades y Semana Santa, otro mes de propina). Cates en mates en toda regla.
Llegado a este punto, cuando la amenaza de unas vacaciones a destiempo se aproxima empiezan los sudores fríos. Qué hacer con los niños, porque desde luego que no los podemos dejar en un hotel canino.
En la mayoría de las ocasiones, se trata de una cuestión de pasta, un remedio injusto. Enredo shakespeariano, tener o no tener, esa es la cuestión. Las colonias son la salida de emergencia, pero hay que rascarse el bolsillo y puede que con tanta crisis nos hayamos quedado sin él. Sin bolsillo, me refiero. Además, tienen un horario limitado y normalmente no cubren ni una mañana entera. Vuelve el quebradero: pero ¡qué hacemos con los hijos!.



Como el Plan A es inasumible o es limitado no queda más remedio que tirar del B. Empieza la cadena de favores. Si la gente cree que la jubilación llega a los 65 años está muy equivocada. A esa edad empieza el babysitting, el mayor voluntariado del mundo. Plazas y parques son tomados por los abuelos que lidian con los pequeños terremotos.
Como ya han perdido cualquier esperanza en su futuro en el atletismo, conscientes de que no le aguantan una carrera a un niño desbocado, bajan el control. Suelen recurrir a sobredosis de zanahoria transformada en dulce, porque a esas edades todo lo que suena a vegetal genera rechazo.
Este es el menor de los problemas. Volvemos al síndrome del veraneo en casa del suegro. Trágate tu orgullo y resiste las lecciones sabaletodos sobre los niños (creo que es generalizado, ellos aseguran ser infalibles en materia infantil y no dudan en aseverarlo machaconamente). Les necesitamos. Es lo que se llama la independencia interruptus.
El plan C es que te lleves al crío al trabajo. Una vez tuve que ir a una entrevista periodística con mi hijo. La verdad es que no sé qué sensación causó en la otra parte, y para ser justos tampoco quiero saberlo. Al menos delante de los extraños tengo un hijo extremadamente cohibido (el fuerte comanche lo deja en casa).
Y entonces, en esos momentos en que los padres nos lanzamos a las utópicas soluciones de los males del mundo, el hambre, las guerras, las epidemias, las interminables vacaciones escolares..., miro en la escuela y creo encontrar una solución. I have a dream digo en voz alta temiendo que me tomen por loco. Sueño que la escuela no sea sólo aula y que tenga vacaciones razonables. Que atienda a los niños también en verano y en Semana Santa con actividades lúdicas que extiendan el aprendizaje más allá de los libros de texto. Que el recreo y las excursiones bien pueden sustituir al aula. Que el contacto de los profesores con los alumnos en ambientes de ocio enriquece la relación y el conocimiento de ambos. Meto esta sugerencia en una botella de cristal como un náufrago sin vacaciones soñando con que llegue a buen puerto.