domingo, 14 de abril de 2013

Rechazo a los niños: El apartheid infantil


Fue hace unas semanas en una boda cuando comprobé por enésima vez que el rechazo a los niños sigue siendo plenamente vigente: El apartheid infantil nunca se ha ido. La presencia de los pequeños invitados se esfumó de golpe al poco de empezar la celebración a la tarde. Su papel fue meramente ornamental y ocurrió como las flores, que cuando acabó la función se retiraron sin más.
Hasta la comida ellos son uno de los puntales de la celebración. Le dan ese toque principesco todo floridos, vestidos de infantes, inocentes y cándidos a un mismo tiempo. Sus pequeños escarceos se observan con complicidad y alivian el pesado sermón trufado de todos los tópicos posibles del poder del amor. En las fotos tampoco pueden faltar por sus miradas traviesas, risas y alegrías. Un soplo de aire fresco.
Y llega la comida, largo preludio de los bailes, y los niños se transforman en unos seres molestos. Una vez entrados en materia, de la jamada y demás parafernalia etílica, nos sobran las cosas bonitas que para eso ya está el ritual del corte de la tarta nupcial y del lanzamiento de ramo. En pocas horas experimentan la montaña rusa de ser utilizados y desechados. Los príncipes destronados. Con edades entre los 5 y los 9 años les había llegado el momento de disfrutar del acontecimiento como a cualquier otra persona.
Efectivamente, los niños son un torrente de actividad. Pero su intensidad se ve amplíamente compensada por su contagiosa alegría. Racionalmente, los argumentos fallan a la hora de tratar de justificar su exclusión. ¿Alguien se ha parado a pensar que los mayores también somos molestos?.
Los niños dan un gran colorido en las bodas.
Ahí tenemos una legión de plastas de todo pelaje preparados para incordiarnos. El borracho melancólico que silabea más que Rajoy y que te cuenta en cascada toda su tristeza existencial; el agresivo, una bomba explosiva desde la primera copa; el comentarista religioso, que te narra el sermón (¡a mí!, que desconecto desde que el cura abre los labios); el zombi catatónico que te desparrama todas las copas, o que te las tira y además de propina te quema con su pitillo; el bailarín torpón que te pisa una y otra vez; la señora mayor que se acuerda de cuando eras bebé (yo creo que todas dicen lo mismo); el fanático de Mourinho (‘¿pur qué?’, ‘¿pur qué?’, ¿’pur qué’ no nos libramos de ese petardo ni en las bodas?); el buitre que entra a tu mujer a la que te descuides; el activista a jornada completa que no contento con arreglar el país se lanza a por el mundo y se prepara para continuar con el universo.....
El apartheid se extiende a la vida cotidiana y no faltan adultos dispuestos a hacernos sentir incómodos en cuanto asomamos con un niño. Algunos se esfuerzan en levantar muros de contención para crear realidades paralelas e impedir la convivencia entre generaciones. Un mundo sólo para mayores. Nos lo dicen los caretos que brotan en playas, cafeterías, restaurantes, parques.....
Es cierto, algunos padres y madres se lo ponen en bandeja cuando abandonan a sus hijos descontrolados para tomarse un aperitivo con amigos como si no tuvieran hijos. Precisamente, la gente egoísta, los jetas que se desentiende de las molestias que generan y no les importa que se las traguen los demás, nos hace mucho daño.
Yo creo que la convivencia es positiva. Desde el punto de vista material ya lo han comprobado cadenas como MacDonalds que cultivan al niño para captar el negocio familiar. Con un poco de tolerancia y de educación por parte de todos podremos enriquecer el mundo con la mágica aportación de los pequeños.
¿Qué os parece?